domingo, 31 de mayo de 2020

El acederaque, ese desconocido.

En el autobús, cuando en invierno venía a Granada desde Guadix, me encandilaban los frutos amarillos y decorativos de unos árboles cuyo nombre ignoraba y deseaba ardientemente conocer. Los veía al borde de la carretera, ya cerca de la capital, desde poco antes del cerro del Sombrero; no había desarrollado todavía la capacidad cognitivo-visual que ahora me permite encontrarlos por toda Granada; qué cierto que, por más de una causa, vemos principalmente con el cerebro y a menudo los ojos no registran aquello no reconocido por la mente.


Acederaque se llama el árbol y en él me detengo hoy, no para un estudio botánico exhaustivo, sino para un acercamiento que engendre respeto y, si fuera posible, amor.

Pertenecen los ejemplares granadinos al género Melia y a la especie más extendida -desde su origen asiático- por Europa, África y América: la Melia azedarach (NL), presentando el género Melia la muy notable característica de ejercer la mayor absorción de CO2, entre las especies arbóreas urbanas, con la consiguiente reducción de la contaminación.


Algunas publicaciones aseguran (Dios perdone su ignorancia) que en España, nombre y árbol, lo introdujeron los franceses en el siglo XIX, siendo lo cierto que Abú Zacharía habla de él ya en el siglo XIII, en su libro sobre la agricultura andalusí, donde atestigua sus numerosas virtudes, hoy tristemente olvidadas: el buen hálito de su sombra y altísima calidad de su madera; la utilidad de las hojas como tinte para telas y cabellos, a los que, además, fortalecen. Sobre los frutos coincide en su toxicidad con numerosos autores, pero otros provechos no despreciables los adornan: de ellos se extraía un gas inflamable e inodoro excelente para el alumbrado, y resultan notables sus poderes insecticidas. Y llegados a este punto, urge eliminar posibles errores debidos a la imprecisa nomenclatura popular que a veces confunde el acederaque con el nim de la India o el paraíso de Persia; para evitar equívocos, selecciono tan solo la información referida al Melia azedarach, en nomenclatura de Linneo. En España recibe nombres diferentes, según épocas y lugares, a menudo compartidos con otras especies: árbol de Paraíso, cinamomo de Castilla, canelo, rosariera, sicomoro falso, agriaz...


Mencioné su muy notable poder insecticida, reconocido e investigado actualmente por varias universidades y empresas. Nos hablaba Abú Zacharía del uso del fruto seco y pulverizado como eficaz tratamiento contra los piojos y autores persas daban recetas para fabricar con él pomadas contra la tiña y la sarna. He encontrado publicaciones sobre el desarrollo de productos insecticidas, en América del Norte y del Sur, tomando como base los principios activos -los triterpenoides- de las hojas y frutos; en Cuba se fabrican  desde tiempo inmemorial insecticidas artesanales a partir de esos mismos ingredientes. Entre sus ventajas sobresalen las de no ser tóxico para los mamíferos y no dañar a los insectos benéficos.


En el siglo XVIII, también el ilustre botánico José Quer y Martínez (Flora española o historia de las plantas que se crían en España, 6 vols, 1762-1778) insiste en sus propiedades insecticidas, sin olvidar su magnífica madera, buena para ebanistería y viguetas de construcción.

Por si fuera poco, la meliacina, obtenida de las hojas, ha dado resultados positivos contra la enfermedad ocular causada por el virus del herpes.


Y, ya de remate, las flores no son muy vistosas, pero emiten un perfume agradable y los huesos de la semilla se perforan sin esfuerzo -presentan un orificio natural en cada extremo- por lo que se han utilizado tradicionalmente para fabricar cuentas de collares o rosarios (de ahí el nombre de rosariera), no solo en España, sino incluso -¡pásmense!- en el Tíbet.

Ah, además el acederaque aguanta la sequía, las heladas, las malas podas y crece rápido; quizá por esta suma adaptabilidad en algunos lugares se la considera especie invasora. ¿Sí? Pues que todos los invasores sean como éste. 

Me gustan los ramos de bolitas, concentran la luz y me permiten creer
 que algún día fabricaré un rosario, o un collar.


martes, 21 de abril de 2020

Lectura de John Donne en tiempos del coronavirus

"Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, parte del todo. Si una porción de tierra fuera desgajada del mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio, con la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti."

Ya no doblan a muerto las campanas, sino los noticieros, escritos, hablados o televisados y el golpeteo continuo de las redes; el redoble resulta menos bello, menos teatral; sin embargo, el efecto es idéntico: algo nuestro muere con la muerte de los otros, y en esta pandemia de Covid 19 los otros, los muertos y dañados, son demasiados y demasiado continuos. Me falta capacidad para asimilar tanta desgracia;para Donne resultaría más fácil, me digo, puesto que creía firmemente en Dios y en el orden de su creación; de hecho la meditación y el poema que comienzan con la frase "Ningún hombre es una isla" surgen del sentimiento de pertenencia a una comunidad, partiendo de la comunidad que mejor conocía y a la que pertenecía: la Cristiandad. Pero trasciende los límites de su religión para considerar hermanos a todos los hombres; aún más, y más sabio, no solo hermanos sino miembros de un mismo cuerpo; mujeres y hombres, viejos y niños, forman parte de un solo organismo.

Su meditación (cuyo primer párrafo me ha servido de encabezamiento) se yergue magnífica y la metáfora en torno al libro, particularmente hermosa, porque concibe que entre todos formamos un mismo volumen, de manera que "cuando un hombre muere, no es que un capítulo sea arrancado del libro, sino que es traducido a una lengua mejor". Lamentablemente, carezco de ese consolador sentido de traducción a la eternidad; cada página arrancada se me torna insustituible y cuanto más cercana a mi capítulo, más se debilita mi propio significado.

Admiro la sabiduría de John Donne y envidio su seguridad al afirmar "la mano de Dios está en cada traducción posible y su mano habrá de reunir de nuevo todas nuestras páginas dispersas en esa biblioteca en que cada libro estará abierto ante los demás." Me sorprende y me gusta este Dios bibliotecario, librero, traductor, lo añado a mi colección de dioses amados en los que, sin embargo, no creo. Pero sí creo en nuestro libro viviente; es más, puede que hoy en día seamos muchos los que nos abstenemos de ese Dios de Donne, pero, en cambio, nos hemos propuesto ampliar el cuerpo común del amor a todos los seres vivos, animales, plantas, naturaleza y la tierra entera; el mundo al completo ha de caber en ese libro total, de personajes interconectados, de relatos cambiantes, de páginas que se ganan y se pierden continuamente, donde las nuevas ocupan el lugar de las viejas, amarillentas, roídas, arrancadas... Primorosas, detestables, comprensibles o no, todas me afectan, pero hoy me duelen con especial hondura los capítulos de mis semejantes, tantos, demasiados, que ya no podremos leer.

            (Citas de John Donne tomadas de Devociones y duelo por la muerte, ed. Navona, en traducción de Jaime Collyer).



Curiosa estatua funeraria, puesto que John Donne posó para ella en vida (1630), envuelto en el sudario con el que sería enterrado. Murió unos meses después de ser acabada la obra.


Tallada por Nicholas Stone, fue la única escultura que sobrevivió al incendio que devastó la catedral de Saint Paul, en 1666. Allí, en Londres, permanece.













Ese mundo desconocido, 
esa escalera al cielo donde 
seremos traducidos al mejor
de los idiomas.





(Mina Rica de Pulpí, en mi opinión, un ejemplo de amor mal entendido: si queremos conservar la geoda, mejor no visitarla tanto).








Página arrancada,

páginas nuevas,

páginas que desaparecen.













(Museo de las Ciencias, Granada).



Animales, no mascotas ni adorno ni diversión; tampoco material industrial. En todo caso, hermanos por los que velar. (Islas Ballestas, Perú)
     
Hemos de encontrar un punto de equilibrio que nos permita visitar la naturaleza sin destruirla.
La buena intención no basta; el sentimentalismo estilo "Disney" perjudica. (Lugros, Granada).



martes, 3 de marzo de 2020

Pasmos y enigma de Palermo





Pasear por las calles de Palermo supone interrogarse una y otra vez sobre las puertas, abiertas o cegadas, en muros antaño monumentales; saltar de uno a otro enigma inserto en costanillas y callejuelas; preguntarse quién se asoma a ese balcón sin cuerpo, ya mero voladizo; a quién pertenecieron muñecos y sillones y si alguna vez la seda lució brillante y sin arrugas.

No es que toda la ciudad se caiga de vieja, pero esa es la parte que más me atrae, con palacios olvidados, comercios que apenas lo son y mercados al aire libre de frutas y peces sorprendentemente frescos extendidos entre arcos que se desmoronan: sobrepasas un cúmulo de alcachofas moradas goteantes de rocío y entras en el atrio de una iglesia que algún día debió de ser grandiosa.

Exvotos de latón, eccehomos en urnas, maravillosas y omnipresentes decoraciones escultóricas de los hermanos Serpotta, que dominaron el secreto de la escenografía barroca en blanquísimo estuco. Y en las calles, patios y vicoli, altares modestos cuidados por... ¿Quién elabora, quién cuida esos altares mínimos cargados de fe? Docenas de incógnitas se suceden ante el forastero, ante mí, que paseo sorprendiéndome a cada paso, elevando a categoría de enigma aquello que desconozco, y desconozco tanto...

Quizás el más hondo enigma, el único tal vez, sea este: ¿Qué parte del paisaje urbano de Palermo se debe a la acción de la Mafia? Quedan a la vista huellas púnicas, griegas, romanas, normandas, bizantinas, árabes, españolas, novecentistas... Con todo su abundantísimo patrimonio artístico. Y el mar, el puerto, el monte Pellegrino, pero ¿cuánto de lo que vemos ha surgido de la Cosa Nostra? Sin duda se ha implicado en la construcción privada, en obras públicas, servicios de limpieza, en la muy rentable protección obligatoria. Más todo lo que no llego ni a imaginar.

Una guerra feroz asoló Sicilia en los años noventa, hiriendo especialmente a su capital. Pero ya pasó, no aparece en las noticias, no suena, no se ve... Aunque, ya se sabe: el mejor truco del diablo ha sido convencernos de que no existe.

El deterioro no resta nobleza y la belleza de la Fuente Pretoria, con sus numerosos habitantes de mármol, pide una visita.
Clamar contra el Estado en Sicilia es apoyar a la Mafia, todo el poder que el Estado pierda lo detentará la Cosa Nostra. Y si alguien duda de sus nefastos efectos, que lea e investigue un poco.
Nunca he visto "mercado de pulgas" tan pulgoso como el de Palermo y, sin embargo, tan singular y vivo: un paraíso para fotógrafos, sobre todo para aquellos que, como yo, estamos tocados del amor al "arte póvera" y al "objeto encontrado".
Ni la pobreza ni la ruina implican, en este altar, abandono; cualquier mañana aparecerán flores frescas.
Santa Rosalía forma parte de la vida cotidiana de Palermo. Altares, referencias, oraciones y unos ruegos muy acertados ("Santucha, libéranos de la inmundicia, de la ignorancia, de la incivilidad"). Joven, bella, virgen, mártir, con una calavera y un libro, y santuario en una gruta de monte Pellegrino.

El puerto de Palermo, razón y origen de la ciudad que creció alejándose del mar, como ha ocurrido en numerosas localidades mediterráneas. Pero aun así, mantiene barrios con brisa y gaviotas.

Mercado del Capo


Ruina, prosapia pretérita, estética actual.
No dudo de la utilidad ni de las razones científicas de esta cura de esparadrapo en un capitel, pero solo he visto tal cosa en Sicilia.
Un parque infantil, en Palermo. Yo tampoco lo entiendo. Juro que no se trata de ningún montaje fotográfico, es así, tal cual, ¿para que los niños se vayan acostumbrando?



"Contra toda forma de violencia". No puedo dejar de recordar a Leonardo Sciascia, quien, en "El día de la lechuza", por mencionar una de sus obras, hace responder a un personaje perteneciente a la "bella cosa":  "¿La voz pública?... Pero ¿qué es la voz pública? Una voz en el aire, una voz del aire: y lleva calumnias, difamación, viles venganzas... Y, además, ¿qué es la mafia?... Una voz también, eso es la mafia: que existe todos lo dicen, dónde está, nadie lo sabe..."










viernes, 17 de enero de 2020

Colores en juego

Lleva trabajo una exposición, quebraderos de cabeza, decisiones y, sobre todo, indecisiones. Al menos así me ha ocurrido en la preparación de Colores en juego: he dudado de todo, proporciones, cantidad, tamaños, materiales de impresión... Incluso llegué a dudar de la oportunidad del proyecto, no de su orientación ni su calidad; pero tiendo a descorazonarme, a pensar que nadie va a apreciar mis obras, más aún cuando algunas críticas previas descalificaron alegremente el proceso elegido. Pero seguí adelante e hice bien porque las fotografías han gustado, han interesado y se ha entendido perfectamente el tratamiento aplicado a la imagen.

Lo que cuenta es el reflejo (Granada, 2017)

Expuse en el Centro Artístico de Granada a finales de noviembre del ya pasado 2019, pero hasta ahora no he hablado de ello porque se cruzaron las Navidades, los Reyes Magos, un niño sin zapatos, un viaje a Palermo... En resumen, considero este el momento oportuno para mostrar algunas fotografías y compartir la reflexión que las acompañaba en el programa de mano, donde explico las claves de este proyecto, planeado y acariciado por mí desde hace años, pues años llevo seleccionando imágenes fotográficas que se adecuen al juego del color selectivo.

Alta magia (Granada, 2019)

Colores en juego:

Ante todo, una declaración: no vale menos el blanco y negro que el color ni procura menor belleza, por tanto, si añado color no se debe al deseo de mejora sino de juego, un juego que pretende resaltar esa parte de la realidad a la que apenas prestamos atención por cotidiana, pues lo cercano y repetido a menudo se torna insignificante, de modo que expresiones, gestos y seres únicos se camuflan entre los múltiples aspectos que exhibe la vida diaria y así se nos escapa la verdad de un reflejo, las pinturas callejeras o un leve cambio de luz.

Carretera panamericana a su paso por el Valle del Ica (Perú, 2012)

Nos asombra la grandiosa aridez de unas sierras peruanas que, en cambio, no asombran a ninguno de sus vecinos, habitantes del Valle de Ica, mientras ignoramos el ubicuo asalto de la publicidad, de lemas e imágenes ridículas o tremendas a cuyo continuo acecho nos hemos acostumbrado tanto que ya ni lo vemos.

Nadie lo ve (Londres, 2014)

Y vuelvo a la idea de juego, inseparable de mi trabajo en estas fotografías. Fiestas, contradicciones, sexo, vejez, asombro infantil... Asuntos todos que someto a interpretación, porque la fotografía no reproduce la realidad, la interpreta, incluso en aquellos casos en que pueda parecer un simple calco, fidelísimo, de lo que ven los ojos, se da una primera e inevitable transformación óptica resultante de lente y cámara, a la que se suman la intención y el carácter del fotógrafo.

La vejez, el peor exterminio (Nueva York, 2009)

Una de las primeras decisiones de éste consiste en la elección entre blanco y negro o color, aunque ciertamente cuando hablamos de blanco y negro aludimos a estos extremos y a la infinita gama de grises que media entre uno y otro, posible a partir de la invención y consiguiente difusión (hacia 1905) de la película pancromática, sensible a todas las longitudes de onda del espectro visible.

Combinación frecuente: dinero y basura (Nueva York, 2009)

Si buceo en la Historia de la Fotografía es para mejor explicar mi juego de coloreado selectivo y afirmar de nuevo que no pretendo subsanar ninguna deficiencia. Antes de la invención del color permanente (Autochrome en 1907, Kodachrome en 1935), su carencia se consideraba un defecto, puesto que no era posible la elección; desde sus inicios (la primera fotografía data de 1839) se sucedieron diferentes métodos de coloreado, más o menos satisfactorios, pero ninguno  perdurable. Se buscaban efectos "naturalistas", innecesarios desde que se logró el efecto "color"; ahora -y desde hace casi un siglo- si fotografiamos en blanco y negro se debe a una elección consciente, al gusto por la traducción de los valores cromáticos a la escala de grises. En mi caso,a esta primera gran interpretación, he añadido el juego del color selectivo, una vuelta de tuerca más en la percepción de la realidad, un reforzamiento que fluctúa entre la reflexión y el humor.

Asombro de niñas ante milenios de muerte (Londres, British Museum, 2019)

Cuando comencé a trabajar las imágenes, me sentí como un rey Midas cromático capaz de dar color a cuanto tocase, ansiosa de transformar cuanto pudiera, pero me dije "No eres el rey, eres la reina Midas, mucho más sabia que su legendario tocayo y, a diferencia de él, nada codiciosa. Sabes que a menudo un poco basta, que un mínimo toque de color es suficiente para crear la dinámica del juego. Por tanto, juguemos."



jueves, 12 de diciembre de 2019

Carta, cromos y cuento para sus Mágicas Majestades

Queridos Reyes Magos:

He sido buena, y un poco tonta, como siempre, pero ya soy veterana, así que no os pido nada, los regalos mejor se los lleváis a los niños, porque la niñez es la época en que han de acumularse grandes cantidades de ilusión, de capacidad de sorpresa, fe y amor, que luego, cuando crezcan, les harán mucha falta y tendrán que valerse de las reservas adquiridas para sobreponerse a cuanto les caiga.

A lo que iba, soy una gran admiradora de vuestra ONG y, aunque sé que no actuais en solitario (me enteré ya hace diez años, por lo menos), siento por vosotros una especial devoción, de modo y manera que he decidido dedicaros unos cuantos cromos y el siguiente cuento:

Edward Burne-Jones, tapiz, detalle, 1904 (M. d'Orsay).
Un mocoso feliz

"Con mucho cuidado, con esmero, así pasaba Amiel el trozo de yeso alrededor de sus pies. Le hubiera gustado más seguir el contorno con tizas, y mejor de colores, pero de dónde sacarlas si no iba al colegio. Tampoco tenía zapatos, por eso perfilaba atentamente, uno a uno, los dedos, aunque aquello no fuera más que un ensayo del dibujo definitivo que, a la noche, cuando nadie lo viera, haría a la puerta de casa.

El Bosco, tríptico de la Adoración de los Reyes Magos, detalle, 1494 (M. del Prado).

Sobre todo que no lo viera su madre, que siempre andaba riñéndole por desear lo imposible, camiones eléctricos o naves marcianas de película loca, "Mira el señorito, el mocoso de siete años, quiere juguetes de verdad, como si fuéramos ricos... Nunca tuve yo más muñeca que una de trapo. Y tan contenta. No hay Reyes para los pobres." Pero el paje real de capa púrpura y melena pelirroja que recibe a los niños en Galerías El Capricho le ha dicho a Amiel que los Magos también llevan regalos a los chiquillos pobres, solo que, como los pobres casi nunca escriben cartas, por analfabetos o por cansados, pues sus Majestades no saben dónde viven ni que años tienen, para eso son los zapatos, para indicarles dónde hay niños y darles idea de su edad. Porque los Reyes son buenos, muy generosos, siempre cargan juguetes de más y si vieran unas zapatillas, unas alpargatas o no más la huella de un piecito, se dirían uno a otro "Mira Gaspar, mira Melchor, mira Baltasar, allí vive un niño pobre, pon algún juguete de los que sobran." Y Amiel se marcha contento y sorprendido, aunque un poco dudoso, "¿no son magos?, ¿no lo saben todo?". Y el estudiante de sociología disfrazado de paje para la campaña navideña a cambio de unos cuantos pesos, siente que el terciopelo sintético le raspa el pecho, que la ridícula melena roja le irrita las orejas y que le pagan doble miseria si encima tiene que inventarse cuentos para engañar a un chamaco y sacarle las castañas del fuego al capitalismo.

Me lo estoy temiendo, los independentistas van a decir que también los Reyes Magos
son catalanes, pero este mosaico se encuentra en San Apolinar (Rávena).

"No hay solución -se dice Amiel-, ¿zapatos yo? Ni chanclas siquiera." Sale poco del barrio, total, allí tiene todo lo que necesita: descampados y abarrotes, pero cuando avanza diciembre le gusta acercarse a la ciudad, al centro, para pasearse por las calles encendidas y entrar en los grandes almacenes, aunque lo echen cuando se dan cuenta de que va descalzo y se equivoquen pensando que es un raterillo: nunca cogería nada, ni a tocar se atreve, su madre lo mataría, y con razón, que los robos se llevaron para siempre a su padre.

Boquiabierto entre juguetes, luces y niños de casa rica, le vino la inspiración al ver en la tele el anuncio de un podólogo que mediante trazo cuidadoso dibujaba el contorno de unos pies, más exactamente, de la planta de los pies. ¡Pues claro! Volvió a su barrio, arrancó un trozo de yeso de una fachada vieja y probó. Ya de noche, gracias a la luz de la farola, le salieron perfectos: dos piececitos menudos, uno junto a otro, perfilados sobre el cemento, delante de la puerta. Y como su madre ya roncaba ni se percató.

Henry Siddons Mowbray, 1915 (Smithsonian Art M.).
Se echó a su lado, se tapó con la frazada hasta las orejas, pero la emoción le impedía coger el sueño... Más tardaba, más se inquietaba, porque sabido es que Sus Mágicas Majestades se enfadan si te encuentran despierto. Pero cayó dormido justo a tiempo, aunque nunca nadie en la historia, ni siquiera los más atentos, los más fisgones o los más desvelados, ha podido oír las conversaciones de los Reyes cuando sobrevuelan ciudades y chozas con sus camellos voladores:

"Mira, Gaspar", "Mira, Melchor", "Mira, Baltasar", "Allí vive un chaval", "Es muy tarde, solo es un dibujo", "No, son unos pies de niño", "De unos siete años", "Pero va a amanecer", "Da igual, no seas gandul", "Tiene derecho a un juguete", "Vale, pues dejo caer esto que nos sobra, la nave de robots y monstruos galácticos". Y con exacto tino una caja enorme y brillante cargada con una astronave y su tripulación de héroes interplanetarios planea y aterriza justo sobre la silueta de dos piececitos ilusionados.

El sueño de los Reyes Magos, Misal de Salzburgo, s. XV (Bibl. Estatal de Baviera).
Se trata del sueño en que reciben el aviso del ángel, pero yo prefiero imaginar que
la estampita los retrata descansando, después de repartir juguetes. También ellos
merecen holganza y solaz.




miércoles, 30 de octubre de 2019

Cementerios salvajes

Miren ustedes, a mí lo que más me preocupa, desde hace ya un par de años, es el delirio colectivo del independentismo catalán, pero por eso mismo -por prolongado y preocupante- no me apetece ni pizca hablar de ello, así que voy a tirar por un camino relacionado con las inminentes y melancólicas fechas otoñales que se nos presentan, pero sin ánimo de difuntear, es decir, no me propongo lamentarme de la fugacidad de la vida; si tomo el 

La moda de lo egipcio también llegó a los cementerios

camino del cementerio es para admirar su belleza, porque hay cementerios bellísimos, a modo de bosques sembrados de historias o parques adornados con recuerdos. Como los que he descubierto y paseado este verano en Londres y de los que he tomado numerosas fotografías que, sin embargo, no me bastan: quisiera comprobar y "robar" el cambio de luz, la caída de las hojas, el brillo de la lluvia. 




 Antiguos, abandonados o no, inmersos en una vegetación desbocada que se apropia de estelas y tumbas. Raíces, tierra, ruina y de pronto alguna misteriosa ofrenda en 




contadísimos sepulcros. Imaginar las razones para el olvido y el recuerdo, descifrar nombres y aventurar biografías. Descubrir un sentimiento de hermandad que me une a cuantos allí reposan, aunque vivieran en el siglo diecinueve, bajo soles y condiciones tan dispares a las actuales. No nos parecemos en nada, pero somos iguales. Es más, a veces siento que somos los mismos, diferentes facetas de la misma vida, parte de un organismo que se niega a reconocer como propios sus múltiples miembros.





Sentir más que pensar, salir de mí misma para volver a entrar cuando ya soy otra, observar la vida que nace de la muerte, que crece sobre lo que fue y aceptar que así ha de ser; 
incluso llegar a creer que el escalofrío y la oscuridad de la cripta y el verdín que la humedad cría no son sino ofrendas de la sombra inmóvil a la sombra viva.



Sin embargo, no caeré en la alabanza a los difuntos ni apelaré a la calavera de Yorick; sé que los muertos resultan más llevaderos, más silenciosos y pacíficos que los vivientes, pero están al otro lado, me toca entenderme con mis transitorios semejantes, los de aquí. 


Aunque eso  no impedirá que continúe acudiendo a cementerios tan salvajes y arrogantes como los londinenses, donde tomé estas imágenes (y unos cientos más).




martes, 17 de septiembre de 2019

Gabinetes de curiosidades

Gabinetes de Curiosidades, Cuartos de Maravillas, Cámaras de Tesoros, studiolos italianos... Me gustan, quiero uno, quiero dos, los quiero todos, son mi vocación recién descubierta. Toda mi vida he querido componer uno, aun sin saberlo; me decían los amigos, las visitas, "Tu casa -vuestra casa- parece un museo", cuando en realidad me hubiera gustado oír "Parece un Gabinete de Maravillas", pero no podían decirlo, lo comprendo, reconozco mis limitaciones: una excesiva sensatez, que padezco tanto como gozo, me ha impedido recoger y acoger despojos tétricos, tal que la soga de un ahorcado o una delicada calavera, variedad de objetos indispensable en una auténtica Wunderkammer.

De mi casa: el padre Ubú en plena digestión de unos judiones de
La Granja; estrellas cogidas en diferentes mares; cajita del siglo
XIX con relicario en libro diminuto; mineral de lapislázuli y turquesa,
escoria de Villaricos; libros de la colección Joya; etc.

Horror, transgresión de la normalidad, pasión posesiva. Afán coleccionista, pero sobre todo búsqueda de lo insólito, lo único, lo nunca visto. Comienzan los Gabinetes allá por el siglo XVI, ligados a la expansión geográfica, a la exploración del mundo desconocido. El de Felipe II fue la envidia de Europa, y se comprende: cada navegante se preocupaba de cargar piezas raras -animales, artefactos, seres impensados- como regalo para el rey. Dada la extensión inmensa del Imperio de España, la colección también creció inmensamente, instalándose en su mayor parte en El Escorial.

Habitualmente estas Cámaras de Maravillas se organizaban por secciones: scientífica, artificialia (antigüedades y obras de arte), naturalia, mirabilia... Pero Felipe II añadió a la suya una sección muy especial -y acorde con su talante-, la de reliquias. Sólo éstas y las pinturas se salvaron del incendio que devastó el Real Sitio en 1671; no es poco, pero no refleja el carácter ecléctico, fantasioso y exótico que caracterizaba al conjunto.

Corales, masa vítrea de Murano, fragmentos de estalactita, monedas griegas, envés de un naipe de una baraja que tiene como tema al Gólem de Praga, insignia de asistencia a Congresos del Partido Comunista de la URSS (Odessa Y Edesa).


Confesaba al inicio, y es bien cierto, que mi sensatez y cobardía me han impedido formar un Gabinete de Maravillas que merezca tal nombre. Igualmente podría culpar a la falta de espacio, y de dinero... Pero hay una razón más decisiva: mi incapacidad para convivir con seres desapacibles; por mucho que me atraigan, me apetece contemplarlos solo un rato, de vez en cuando; no podría, por ejemplo, enfrentarme cada día a un mono disecado, a una sirena embalsamada o a los estudios para retrato de Francis Bacon, por espléndidos que me parezcan.

Trilobites: uno de molde (el negro) y uno real; cerámica de Limoges; geoda encontrada por tierras de Campohermoso (Almería); cerámica cocida a la sal (una pieza pequeña pero de un azul exquisito); placa de mineral de hierro de génesis dudosa.

Mantuvieron su auge estas colecciones a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, transformándose poco a poco en museos, a los que pasó la mayor parte de sus fondos. Pero a mi entender también mantienen relaciones con las atracciones de feria, si no de procedencia, sí de semejanza. Aquellas ferias antiguas donde se mostraban monstruos vivos, principalmente humanos o semihumanos, sin olvidar los Circos,dedicados a los animales y rarezas varias. 

Imagen tomada de Internet,
correspondiente a Ferias de EEUU


Ambos, ferias y circos, suponen la democratización del monstruo, que pasa de constituir un objeto para disfrute exclusivo del poderoso y/o pudiente a objeto de disfrute colectivo, asequible al pueblo. Recordemos los parques de fieras y la cohorte de bufones -a menudo deformes- de que gustaba rodearse la monarquía.

Todo ha cambiado, formar gabinetes ya no está de moda aunque el coleccionismo sigue  vigente y continúa dando un toque de distinción, pero se coleccionan objetos en un solo campo, de un solo tipo: mecheros, fósiles, zapatos del pie izquierdo... No se emprenden colecciones que abarquen el mundo, que lo representen, que pretendan la tarea imposible de concentrar lo ilimitado en un espacio limitado. Y no obstante, los Gabinetes de Curiosidades o de Maravillas aún existen, alguno permanece, alguno he encontrado.


 Gabinete de Maravillas de Viktor Wynd. Yo distingo claramente la cabeza de un demonio; una concha de Pinna fragilis, una postal de pornografía victoriana, una maternidad en esqueletos...

El tema -la anomalía y su acumulación- da mucho de sí y lo retomaré más adelante, en otras entradas de blog, pero no quiero despedir este sin mencionar a Viktor Wynd y su Gabinete, auténtico, personal, tradicional, donde no faltan cuernos de unicornio, sirenas embalsamadas, un pájaro doctor, un cordero de dos cabezas, dibujos magníficos, llamativas publicaciones sobre sexo o magia, una rana princesa, máscaras de arte africano... Inabarcable. Disfruté lo indecible. Como sabéis, Londres es una ciudad muy completa, de atractivos múltiples, pero nada añoro tanto como esta creación de Viktor Wynd. Bueno, también los cementerios, pero este ya es otro tema.