miércoles, 31 de diciembre de 2025

Diario del 2025. 1: enero.

 ¡Feliz Nochevieja! ¡Feliz Año nuevo!

Ya llegó el momento, hoy por la noche diremos adiós a un año y daremos la bienvenida a otro. Una breve transición desgranada en doce uvas, doce campanadas, una frontera leve que nos permite dejar atrás el 2025 y generar la esperanza en el 2026. Palabras, tal vez solo palabras enlazadas a números, pero sustanciales para nuestro mundo..

A imitación de las recopilaciones elaboradas por los medios, esas que recogen los más importantes sucesos del año –catástrofes, defunciones, inventos, agudezas, guerras y jaranas- he reunido mis intervenciones del 2025 en Facebook, donde acostumbro poner una fotografía acompañada de un texto breve. Así he descubierto un peculiar diario, variado, ameno, hecho de fragmentos que de algún modo me retratan. Un retrato mínimo, unas líneas trazadas en las redes.

Normalmente, a la hora de compartir en Facebook, elijo las fotografías que tengo a mano, en el escritorio; a veces de archivo, lejanas; a veces tomas recientes. Y las acompaño de un texto improvisado, motivado más por mi estado de ánimo que por sucesos externos, aunque estos últimos influyen en mí poderosamente.

He seleccionado aquello que juzgo más interesante y suprimido las repeticiones tipo ”Buenos días, buenas noches”, así como las invitaciones a eventos personales, a los que naturalmente ya no es posible asistir.

Nota: comienzo en la Navidad del 2024.

A pesar de la severa selección, ocupará varias entregas de este blog, tituladas “Diario de Facebook” y numeradas.

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24 diciembre del 2024

"La Navidad también es esto".


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6 de enero 2025

Una foto de algún paraje del Cabo de Gata, de hace unos lustros, cuando yo usaba cámara analógica. Por aquello de que voy a Almería, tierra de mi padre y de mi madre, y de casi toda la familia.


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11 de enero

Contraluz del puerto de Almería.
Nunca acabo de acostumbrarme a la intensidad de su luz, a pesar de conocerla desde niña.
Visiones que agradezco a los Velorios Poéticos de Almería,
 como un don indirecto.

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14 de enero

En Almería mi madre se me hace presente. Por lo que me contaba de su breve tiempo de estudiante, de la pensión donde vivía, de su novio, del miedo en el inicio de la guerra.
Mis relaciones con ella no fueron fáciles, pero al recorrer el Paseo la veo como nunca la conocí: joven, ilusionada y sana.
La memoria es todo un mundo, el aquí y ahora abarca espacios y tiempos lejanos.


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18 de enero

"Se hacen vírgenes por encargo"... Pues como toda la vida, me digo.

Lo encontré en Sevilla, de regreso desde Riotinto.

Bien pensado, conviene conservar algún tipo de virginidad, cada cual elija la suya, si es posible.

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19 de enero

Invasor atrapado. Jardín cerrado. Ventana viva. La rebelión de la buganvilla. 
No abras la ventana, que entra el mundo. 
¡No hables, mira!



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23 enero

Cuando observo una ciudad desde la altura de un mirador me siento como "El diablo cojuelo", ese que nos presenta Vélez de Guevara en su obra. Diablo cotillo que va levantando tejados y techos para fisgonear en el interior de las casas, en sus ocupantes, en escenas íntimas.

Sin necesidad de llegar a tanto, las azoteas muestran la vida de los habitantes, la ropa tendida, las sillas para disfrutar de las horas frescas en verano o de sol en invierno, las antenas, banderas...
La historia de la ciudad también se refleja en sus materiales constructivos, formas, remates, ventanas. En fin, soy una cotilla exaltada que no rechaza escudriñar ninguna forma de refugio humano.

De Almería.


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24 enero

Donde se demuestra que la belleza de la fotografía no guarda relación directa con la belleza de lo fotografiado.


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29 de enero

Entre el caos y el orden.
Esperando la llamada de la lluvia.
No dejo de aprender de los reflejos.










martes, 18 de noviembre de 2025

Un paseo por el Cementerio Inglés de Málaga

 Con alegría, por el Premio Nacional de las Letras Españolas concedido a María Victoria Atencia

                    
                    1. Violette

Inicio la serie con la tumba de Violette, niña que apenas  se asomó a la vida; su pequeño tamaño y el epitafio conmueven a cualquiera que lo mire y lea: “ce que vivent les violettes”, “lo que viven las violetas”. Apenas un mes de vida, pero suficiente para ocupar un lugar en nuestro recuerdo, en especial desde que María Victoria Atencia le escribió este poema:

Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.
Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
—tal se entierra a un vencido al final del combate—,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.
Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.

Acompañan a Violette numerosos “vencidos al final del combate”, como Robert Boyd, joven generoso y valiente que financió la expedición de Torrijos a las costas de Málaga y lo acompañó en su pronunciamiento contra Fernando VII en diciembre de 1831. Todos, Torrijos y sus sesenta acompañantes, cayeron en la trampa que les tendieron los absolutistas, muriendo unos en el desembarco y siendo fusilados los cuarenta y ocho restantes en la misma playa, sin juicio.

                             2. Cenotafio de Robert Boyd

Héroes vencidos, marineros en naufragio, víctimas de todas las edades de desastres y epidemias descansan en este cementerio, pero también altos cargos políticos y militares, comerciantes exitosos, embajadores, reconocidos escritores (entre ellos, Jorge Guillén), unidos por la muerte y por su no pertenencia a la iglesia católica… ¿Entonces, sería apropiado llamarlo camposanto? En sentido estricto, no, pero sí en una verdad más amplia: todos los muertos merecen el mismo respeto, aunque solo sea porque saben lo que los vivos no sabemos. Si es que hay algo que saber.

Cercanía al mar, descuido y unas extrañas tumbas en ladrillo rojo cubiertas de conchas marinas a modo de ornamento; son estas las más antiguas y anónimas, llamativas en su pobreza.

Epitafios ilegibles, borrados y barridos por viento y tiempo; sepulcros viejos y anónimos frente a impolutos mármoles ilustres y recientes; cenotafios como el de Robert Boyd –sus restos yacen en alguna parte del patio más pobre─, quiebra de lápidas finamente labradas. Tumbas dispersas en un jardín mediterráneo de árboles que alivian la crudeza del sol sureño; en mi visita, entre luces y sombras, sorpresa, hallazgo y curiosidad.

Mirad las imágenes, no forman un reportaje, sino un acercamiento estético a un lugar especial.

3. Sepultura de Ethelbert F. Coddington, guardiamarina de la Armada de los Estados Unidos, nacido en Nueva York y muerto a los 23 años en aguas cercanas a Málaga, "Juventud, esperanza y valor duermen con él".

              4. Tumbas marcadas, más o menos olvidadas

5.Uno de lo monumentos más notables es este ángel que preside el sepulcro de Mary Ann Heaton (1868-1911).

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    10. Sepulcro de M.P. Beecher, comerciante; de ahí la placa de Mercurio a lomos de un delfín.
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    20. Placa de bronce que recuerda a las más de cuarenta víctimas mortales del naufragio del buque escuela, alemán, Gneisenau.
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    32. "Aquí nació" y "aquí volvió", extraño viaje.

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34. Camuflaje de gato subiendo por el talud que separa niveles del cementerio


...........Una visión histórica completa sobre el Cementerio Inglés la ofrece la revista Cuadernos del Rebalaje, nº 45, enero-marzo 2019:

Cuadernos del Rebalaje ®

DL : MA 702-2016 | ISSN (ed. impresa): 2530-6286 / (ed. digital): 2174-9868

Publicación monográfica sin ánimo de lucro, de periodicidad trimestral editada desde 2010 por la asociación cultural Amigos de la Barca de Jábega.






























lunes, 29 de septiembre de 2025

Sueños, cine

 SUEÑOS, CINE



Ojeando escritos encuentro notas que recogen un sueño habido en Guadix cuando vivía allí y contaba poco menos de sesenta años. Soñé, como suele ocurrirme, desde otra conciencia, desde otro yo completamente ajeno a mi persona. Me veía, me sentía, era… una joven de unos dieciocho años, menudita, rubia, de rasgos equilibrados. Entraba al ministerio de educación, a sus dependencias guadijeñas, a un vestíbulo gris, pero espacioso y limpio, y me dirigía a una ventanilla para preguntar cómo podía recuperar el curso perdido a causa de una larga enfermedad; “¿qué clase de enfermedad?”, “Depresión”, respondía yo. Y en esto sí había algo mío; ojalá en mi juventud me hubiera atrevido a declarar que padecía depresión; claro, que para eso, hubiera necesitado saberlo y que se considerara enfermedad, cosa que no ocurría en aquel entonces.

En fin, debería haber detenido mis estudios y concentrado en curarme. No sucedió así. Vuelvo al ministerio, donde la conserje me condujo ante un despacho donde debía esperar mi turno. De la antesala vacía y poco iluminada, partía una escalera ancha y descendente; movida de curiosidad, me asomo y decido bajar. Un tramo me basta para descubrir una sala extensa, apenas amueblada con divanes arrimados a la pared, donde un par de mujeres deambulan sin propósito visible: ¡pero si es un burdel! Ciertamente la casona del Ministerio de Educación en Guadix daba para albergar sin estrecheces a más de una institución. He usado los signos de admiración, pero lo cierto es que no me admiró demasiado la existencia del burdel; mayor fue mi asombro al reconocer en la madama a una amiga querida, bastante íntima a pesar de la diferencia de edad. Manteníamos nuestra amistad en secreto; ella por prostituta estaba mal vista en el pueblo; yo sabía de su oficio, pero no de su rango. Aparentaba unos cuarenta años maltrechos, de  cuerpo desbordado y rostro recorrido por arrugas blandas, tipo bulldog.

Reímos al vernos, nos abrazamos, me puso un café, me presentó a sus chicas: puertas pintadas de blanco se fueron abriendo para dejar salir a mujeres vestidas de satén ajado. A la vista iban quedando habitaciones destartaladas en paredes y camas. En cambio, las chicas eran jóvenes y frescas, aunque vestidas a la vieja usanza: visos, corsés, enaguas. Su aderezo me recordaba a mi madre y su tiempo, cuando se decía “llevaba un deshabillé”; yo diría que más que vestidas, iban pobremente desvestidas.

El burdel solo tenía un acceso que servía de entrada y salida. Cuando quise irme, la madama me cerró el paso. Llaves echadas, cerrojos, rejas… Me convirtió en puta, una de las más jóvenes, aunque seguía alardeando de nuestra amistad, sin entender mi rabia, dirigiéndose a mí cariñosamente, como si no me estuviera violentando.

A partir de ese momento, el sueño se volvió pesadilla, una sucesión de intentos de huida fracasados; hasta que desistí y me conformé, como las demás: nos bastaba salir por la única ventana sin rejas, que daba a  las vías del tren, vías muertas cercadas de alambre imposible de saltar. Allí, junto a los raíles, las enaguas levantadas, nos tendíamos a tomar un sol apenas cálido. Calladas. No había liberación posible.






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Solo ahora, al escribirlo, he comprendido el final de este sueño y el papel modelador que en él jugó una película: Propiedad condenada se llamó en España (This property is condemned, título original). Magnífica, con Natalie Wood y Robert Redford, acompañados de Charles Bronson y Mary Badham (la niña de Matar a un ruiseñor). Dirigida por Sydney Pollack, estrenada en 1966, con guión, entre otros, de Francis Ford Coppola, sobre una obra de teatro de Tennessee Wiliams.

Su ambiente de miseria, fatalismo y belleza me marcaron hasta el punto de re-vivirlos en una ficción de trama diferente, pero sabor semejante.

Os recomiendo sumergiros en “Propiedad condenada”, sin necesidad de hundiros en pesadillas.